domingo, 12 de julio de 2009

El Tacto de las Palabras

Aprendemos. Constantemente aprendemos. Incluso, según afirman algunos atrevidos, aprendemos desde antes de nacer. Pero, tal vez por ese extraño equilibrio que muchos creemos rige en nuestras vidas, también olvidamos. Olvidamos mucho de eso que aprendemos. Y es lo que más caro terminamos pagando, porque la principal acreedora del olvido es la salud mental.
Las patologías “psicofísicas” de la sociedad se tornan cada vez más evidentes y preocupantes. Mas por culpa del afán de olvido, no podemos recordar que todos y cada uno de nosotros cuenta con una herramienta insuperable para aliviar los dolores de este mal: la palabra. Es más, su rol ha sido terriblemente tergiversado. La palabra aún constituye una herramienta, pero de comunicar pasó a incomunicar, de informar a desinformar, de activar a desactivar, de formar a deformar. Hoy constituye un alimento para la desidia y una justificación para la apatía, además de un sustento para la elaboración teórica de la “realidad”. Y en su función socio-política, es la materia prima del fantasma de la opinión pública bajo cuyo manto quedan acogidos los que prefieren no hacerse cargo de su responsabilidad por el rumbo que dejamos que nuestra sociedad tome. En este sentido, el olvidar el poder de las palabras más allá de su función simbólica conlleva también el olvido de la responsabilidad y la importancia del rol de aquellos que las conjugan y los que las comunican. Todo esto entre una multiplicidad de dis-funciones de este tipo.
Mas sobre todo y desde siempre, la palabra cura. Cura porque toca. Toca desde su función afectiva. Toca desde su capacidad de entablar conexiones interpersonales más allá de las coyunturas, los humores, la confianza, y demás etcéteras. Pero así como curan, las palabras también enferman; así como alivian, lastiman. No, no son salvadoras ni verdugos. Es hora de asumir responsabilidades. Al menos una: la responsabilidad por lo que somos y hacemos, pero sobre todo por lo que hasta con un mínimo de conciencia dejamos de ser y hacer. Y no es cuestión de olvidarse ahora de aquello que nombramos, ni mucho menos de aquello que a pesar de su existencia no podemos o no nos permitimos nombrar. ¿Cómo buscar lo que no podemos representar? No hay garantías, sólo construcciones. Construcciones de palabras.

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