miércoles, 26 de julio de 2017

Integral

Creo que en la vida una de las lecciones más difíciles es aprender a mirar. Mirar lo que hay, lo que es, lo que se manifiesta. Porque mirar implica más que enfocar la vista, que ejercitar los músculos oculares. Mirar, lo que se dice “mirar”, eso se hace con todo el cuerpo. Es enfocar la atención y abrir todos los sentidos a percibir. Sin más. Desde donde estamos captar aquello que se manifiesta frente a nosotros. Percibir sin interpretar, sin dar sentido, sin racionalizar. Acción complicada a mi entender. Tamaño esfuerzo sólo para crear un registro interno…

Muchas veces, el comprender “para qué” nos ayuda a justificar este tipo de tareas magnánimas a las que nos enfrentamos, como el percibir el medio que nos rodea, nuestra propia vida, nuestro ser. Entonces, ¿para qué mirar con todo el cuerpo? Y es que una vez que logramos hacerlo, compartimos por unos instantes la sabiduría del Todo, el sabernos parte de algo infinito, necesarios e irrepetibles, iguales y en sintonía. Por unos instantes disociamos las partes del todo, los todos en el Todo como partes en sí mismas, nuestra totalidad y parcialidad sincrónicas. Así, nos sabemos integrantes, íntegros, integrales.

La integralidad es una ley universal (y si no lo es, ya sería hora de que la agreguen a la lista). Inmanente. Habla de un estado, pero también de un hecho, de una filosofía, de una mirada, de un estilo de vida, de una acción política, de algo dado, de una forma de ser, de una idea, de un encadenamiento infinito de sucesos, de una decisión, de un trabajo, de mí, de vos, de todos, de Todo. Integral es todo lo que está entero, lo íntegro, lo que abarca la totalidad de las partes de una cosa. Integral es un enfoque desde el cual el todo es más que la suma de las partes, pero a la vez, cada parte es contemplada en sí misma como una totalidad y parte dentro de ese todo. Integral es un principio pasivo y activo al mismo tiempo. Lo integral no escapa al cuerpo, y por ello, no escapa a nuestra mirada cuando aprendemos a percibir.

Aprender a mirar con el cuerpo es algo que sucede a un ritmo y a tal profundidad como cada uno y todos sus componentes pueden, toleran y desean. Es algo que podemos hacer solos, en pareja, en grupos, virtual o presencialmente. Percibir nuestro entorno con el cuerpo, con éste como parte indivisible del mismo es una tarea tan fina, que ir compartiendo las enormes sutilezas que implica es algo que nace instintivamente, con ojos brillosos y caras de niños, con la solemnidad del adulto y humildad del anciano. La premisa es así CoN-Partir-Nos: con otro/s, partir en este camino para, entre todos y cada uno, integrarnos.

miércoles, 14 de junio de 2017

Encuentro

Porque antes de reconocerme en tu reflejo tuve que convertirme en Reina.
Porque para mirarte debí quitarme los anteojos.
Porque me descubrí hermosa y así pude mirarte igual a mí, a todos, hijos e hijas de la belleza de la vida.
Porque lamí mis heridas en silencio, el tiempo que hiciera falta, y las dejé secar al sol, te encontré, orgullosa de las marcas de mi vida.
Porque me asumí enteramente madre, dispuesta, entregada, rendida y bendecida, pude reconocerme en tu nobleza.
Porque me descubri mujer plena y brillante, te amé como hombre entero y vibrante.
Porque me sumí en las profundidades de mis actos, mis principios, mis valores y mis deseos, navegando al centro de mi ser, te encontré sin siquiera haberte visto.
Entiendo que aún debo aprender a ser paciente, contemplando la semilla germinar, siguiendo el paso a paso que marcamos junto al cielo, en la tierra. Entiendo que ya estás acá y la chispa está latente… porque no sé cómo va a suceder esto, pierdo el control para encontrarme. Y el tesoro más grande será que sin tenerte me tenga y, toda mía, reconocerte y elegirte, como conmigo, para cada hoy.
Hoy soy enteramente mía, y voy a cuidarme, a quererme y a crecer para poder compartir hoy la maravilla de vivir.


33 días y 3 hombres sin llorarte…

33 días. Los conté con el dedo saltando en el calendario, casillero por casillero, desde ese día de enero con la leyenda “Nuevo Comienzo” hasta hoy, que no dice nada. Ahí voy a escribir “Hoy Duelo”. Como hice hace un rato, en una hoja, con la sangre de esta herida que se ríe a borbotones del fluir…  33 días sin llorarte, ni un poquito.
Sentí paz cuando te fuiste, yo hice todo lo que podía y no fue suficiente. Vos eras mi parasiempre. Tal vez por eso llegamos tan lejos, por forzar lo que no es. Los parasiempres se construyen a besos, abrazos, revolcones, tomarse la mano, remo en equipo, viajes, bailes, amigos tuyos míos y nuestros, proyectos, mates, siestas, mimos, miradas, muchas miradas, elecciones y todo lo que podamos compartir. Los parasiempres fluyen de un día a otro de mí hacia vos y de vos hacia mí. No se imponen de uno al otro. Yo no lo puedo decidir por vos, ni vos por mí.

Treinta y tres, como te hacen decir los médicos con el estetoscopio en la espalda para saber si estás bien. _“Treinta y tres”. _”Mmmmm… No, esto no está nada bien…”. Duele, duele mucho. Duelo, duelo toda. ¿Acaso no soy amable? ¿Qué me faltó? ¿Cómo pudiste asomarte a mi mejor versión y no elegir quedarte? No eras para mí, ¿hay alguien para mí? ¿Soy, acaso, para mí? ¿Cómo calmo esta ansiedad de querer empezar ya, saber ya, sentir ya, besar ya, traer ya, reir ya, vivir ya? ¿Cómo justifico mi coraje y mi ilusión? 

Cuando duele. Mucho, poquito, nada.

Resulta que a veces me duele el mundo, en la boca del estómago. Me duele la gente, que quiero y que no. Porque me canso, porque la nena que llevo adentro se desespera por pedir lo que quiere y necesita. Yo siempre soy fuerte y le doy para adelante, hago todo, más de lo que debería tal vez. Todo con corazón, porque no entiendo otra forma. Y también me escapo, me pierdo en lo lúdico para no morirme de realidad. A veces pienso que crecí sin darme cuenta, y extraño a mi niña. Y la saco, disfruto. Luego la adultez me caga a cachetazos, y pareciera que la gente de alrededor se resiente al verme brillar. Y termino hecha un bollito, sin entender por qué, si hago todo bien, si me banco yo todas mis cosas, si no pido nunca nada, si ayudo a todo el que puedo, por qué aun así nunca es suficiente para nadie. Si cometo un error, se cae todo. Si pruebo otro camino, ya me perdí. Si trato de congeniar lo que me sale del centro de la panza con lo que debo hacer, enloquecí. Me duele a veces no tener espacio para ser esta mujer, un poco adulta, demasiado niña, toda madre, plena oficinista, bien yegua, bastante tarada, también gila, siempre dispuesta y absolutamente entregada a la vida. Y me olvido un poco de que soy mi lugar seguro, me quedo asustada, hacia adentro, esperando un abrazo imaginario que no llega, triste. Hasta que reacciono, me lamo las heridas, me abrazo fuerte, me pongo las botas y salgo a la vida como si nada, aunque todo. Así estoy.