Resulta que a veces me duele el mundo, en la boca del estómago. Me duele la
gente, que quiero y que no. Porque me canso, porque la nena que llevo adentro
se desespera por pedir lo que quiere y necesita. Yo siempre soy fuerte y le doy
para adelante, hago todo, más de lo que debería tal vez. Todo con corazón,
porque no entiendo otra forma. Y también me escapo, me pierdo en lo lúdico para
no morirme de realidad. A veces pienso que crecí sin darme cuenta, y extraño a
mi niña. Y la saco, disfruto. Luego la adultez me caga a cachetazos, y
pareciera que la gente de alrededor se resiente al verme brillar. Y termino
hecha un bollito, sin entender por qué, si hago todo bien, si me banco yo todas
mis cosas, si no pido nunca nada, si ayudo a todo el que puedo, por qué aun así
nunca es suficiente para nadie. Si cometo un error, se cae todo. Si pruebo otro
camino, ya me perdí. Si trato de congeniar lo que me sale del centro de la
panza con lo que debo hacer, enloquecí. Me duele a veces no tener espacio para
ser esta mujer, un poco adulta, demasiado niña, toda madre, plena oficinista,
bien yegua, bastante tarada, también gila, siempre dispuesta y absolutamente
entregada a la vida. Y me olvido un poco de que soy mi lugar seguro, me quedo
asustada, hacia adentro, esperando un abrazo imaginario que no llega, triste.
Hasta que reacciono, me lamo las heridas, me abrazo fuerte, me pongo las botas
y salgo a la vida como si nada, aunque todo. Así estoy.
No hay comentarios:
Publicar un comentario